Por creerse periodista, ¿qué le pasó…?

Oscar López Reyes

Vestía con saco y corbata (bien peinado y empapado con un fuerte perfume de caimito), que compró a precios de ganga en un mercado de pulgas, para parecerse a un periodista y hacer el mejor el papel de intruso en actividades nocturnas. En su parlanchina picaresca, ¡pucha!, Bollito disfrutaba con postín de los buffets y whisky, en una mezcla con sinsabores. Pero, ¡oh misterio de la vida!, y ¡oh castigo mundano y jamás deseado!

En vez de identificarlo como periodista, ladrones de patios confundieron a este bizarro con un rico empresario, y lo dejaron moribundo – con una ringlera de orificios por todo su cuerpo-, en las primeras horas de una acalorada madrugada tropical, cerca de su hogar en Villa Duarte. Lo atacaron pensando que cargaba una gran cantidad de dinero, pero en un bolsillo sólo tenía 50 pesos, que no alcanzaron para pagar el carro que lo llevó hasta el hospital.

Pasada la medianoche, Bollito llegaba a su hogar con un molestoso tufo a comida –porque andaba de actos en actos, sin ser invitado – y, desconociendo esos saltos sociales, sus vecinos porfiaban que trabajaba como lavador de platos o como cocinero de alta hotelería. Todos convenían, eso sí, que necesitaba que le echaran una jarra de detergentes, para ellos descansar las fosas de sus narices, y así poder dormir.

Antes de acudir a las comilonas, pasaba a saludar a dos tipos que producían un programa en una emisora que se escuchaba únicamente en la cuadra donde estaba instalada. Uno de ellos no tenía siquiera el diploma de bachiller, y otro era un abogado especializado en la defensa de imputados por narcotráfico y corrupción. Usaba ese medio como parapeto para justificar a malhechores, calumniar e intimidar en el chanchullo.

Con los bigotes como un charlatán, este excursionista urbano-nocturno estampaba de trovador junto a sus compañeros “paracaidistas” o “pica-picas” Tragaldabas, quien tenía la boca grande, masticaba y se llenaba como una longaniza; Peguita: era ancho y bajito, y alzaba el codo y la copa sin aspavientos; Buche, quien aplaudía como si fuera el anfitrión principal, y Plato Roto, que gesticulaba, con falta de modales, y al final se chupaba los dedos y limpiaba la dentadura, en presencia de todos, con pedazos de cartones que recogía en las alfombras.

Dos de esos zancudos vivían tranquilos y sonrientes, y los otros actuaban como chantajistas y extorsionadores. No eran miembros del Colegio de Periodistas, porque no se titularon de licenciados en comunicación social en una universidad, pero, eso sí, a media mañana leían la agenda del periódico El Diario. Subrayaban, con bolígrafos, los eventos que más les atraían, para asistir con el cogote más largo que una jirafa.

A los ágapes y festines arribaban en carros públicos sin puertas ni capotas. Al desmontarse, en el cuello de sus camisas se encasillaban, visiblemente, un letrero grande de Prensa, que mandaban a confeccionar para no confrontar problemas en los cocteles, bodas, cumpleaños, fiestas, inauguraciones, coloquios, mesas redondas, circulación de libros y otras celebraciones.

-¡Alto!

A los porteros que les ordenaban paradas y les preguntaban para qué medios laboraban, se las ingeniaba para citar semanarios llamativos, pero inexistentes, y nombres reales de emisoras de radio de pocas audiencias. Unos les creían, y otros les daban un chance, bajo dudas.

Ahora con las caras sueltas y relajadas en el núcleo de los encuentros, se ajustaban a los protocolos. A los contertulios saludaban con apretones de mano, y no peleaban ni contradecían a ninguno de éstos, aunque los insultaran y empujaran, porque era parte de su filosofía. No se consideraban invitados extras, y se comportaban decentemente. Intervenían en conversaciones, con coherencia y buen sentido, y estaban prestos a opinar de todo, incluso sobre complejos temas de actualidad.

  • ¿Por qué a ustedes los llaman paracaidistas?, le preguntó un curioso provocativo a Bollito, nombrado como tal porque en las picaderas que se metía en los bolsillos de su traje nunca faltaba un bollito. Y, encima de una carcajada, respondió:

-“Paracaidistas somos los que nos metemos a lamber a los encuentros sociales sin que nos inviten. Y nos tildan así, porque en los actos caemos desde el aire”.

Y, ante el asombro de su dialogante, adicionó:

-“Sujetos entrometidos como nosotros han existido desde que el mundo es mundo. ¿O acaso cuando Trujillo no los había? Ellos se hacían pasar como diplomáticos y pertenecían a la clase alta, y nadie los jodía. A nosotros sí que nos fastidian, porque somos de abajo”.

A Bollito no le importaba pasar bochornos ni desazones, y aseveraba que a lo único que le temía era a los médicos. Espabilando sin cesar hacia el horizonte, relataba que cuando tenía que ir donde un bata blanca se le enfriaba la espalda, y que sólo embriagado con el romo dao podía acudir a buscar los exámenes que le practicaban.

Aparte de que no tomaba en cuenta los desaires y maltratos físicos de que era objeto, se disgustó porque su compinche Pachanga desistió de ir a los ágapes-banquetes. A éste se le revolteó el estómago -se metió al baño como 20 veces- debido a que en tres recepciones le quitaron de las manos fundas llenas de “sobras” de alimentos, destinadas a engordar a sus perros de raza.

En una boda privada lo cogieron por los hombres y lo soltaron en la calle, después que le propinaron numerosos vejigazos; en un baby shower (fiesta de embarazada) lo acusaron de ser el autor del robo de la cartera de una de las asistentes y le azuzaron un perro Bull-dog, y en un hotel a un conferencista extranjero le sustrajo un maletín con documentos oficiales y otras pertenencias.

En otros momentos le dieron una caterva de pescozones, que rodó por el pavimento como un aguacate, lo llevaron preso en un camión descapotado y con un poquito de freno, y en un cumpleaños, en el cual alegó que cubría para una conocida revista de sociales le asignaron una mesa especial y le brindaron, primero que a todos los demás, cerveza, bocadillos, dulces, helados y bizcochos.

Sin embargo, se quejó desatentamente debido a que los halló desabridos y pésimos, no había whisky ni champán, y el papel higiénico era muy fino. Una anfitriona sintió apuros, y para remediar la situación lo surtió de regalos y sonrisas.

A los tres días del calvario hospitalario, a Bollito las heridas de puñaladas se le rebelaron hasta marchitarlo con la muerte, con una dolorosa picardía bohémica y como si fuera una venganza cruel por sus engañosas travesuras y por querer usurpar una profesión noble. Al enterarse de su fallecimiento, los “paracaidistas” o “pica-picas” soltaron lágrimas y se disfrazaron de negro por Bollito, quien bajó a la tumba por quererse pasar como un “periodista”, y por extorsionista y ladrón.

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13 de abril de 2021.

Barahona, abril/65 y heroicidad

Oscar López Reyes

La participación de Barahona en la revolución constitucionalista y patriótica de 1965 lamina como trascendental y de vanguardia. Sin la valentía, la perseverancia, la destreza y el talento de los nativos de la “Perla del Sur”, el derrotero de ese trozo glorioso de la historia dominicana habría tomado un derrotero incierto.

Por el desconcierto y la dispersión en la fase iniciática de la contienda, “una figura inesperada, Luis E. Lembert Peguero -relata el combatiente constitucionalista e historiador Euclides Gutiérrez Félix- “asumió, motus propio, la jefatura transitoria de la organización, autoproclamándose Secretario General” del Partido Revolucionario Dominicano (PRD). Y, en esa circunstancia de incertidumbre, arengó que la revolución continuaba y exhortó a los dominicanos, principalmente a los jóvenes, a incorporarse a ella.

Otro grande de la gesta, Bonaparte Gautreaux Piñeyro, dimensionando al restaurador barahonero Santiago Peguero, expresa que “en 1965 la proceridad familiar fue replicada por su nieto, el doctor Luis Enrique Lembert Peguero, quien, con su escopeta de dos cañones”, por todo el Conde, “animaba a los combatientes a continuar la lucha por el rescate de la constitucionalidad y el retorno del gobierno de 1963”.

Lembert Peguero, Ministro de Justicia en los gobiernos del profesor Juan Bosch y Caamaño Deñó, asumió el decisivo papel de reagrupar a los batalladores que se habían dispersado y salir a las calles capitalinas, metralleta en mano, arengándolos para mantenerlos firmes en un momento de confusión crucial. Entonces salieron de las embajadas el presidente constitucional interino, Rafael Molina Ureña; el coronel Francisco Alberto Caamaño Deñó y altos dirigentes del PRD.

El gobierno de Caamaño Deñó fue instalado en el edificio Copello, situado en la calle El Conde esquina Sánchez. Inmediatamente, designó a los miembros de su Gabinete, entre ellos a los barahoneros Jottin Cury como Ministro de Relaciones Exteriores, y Luis E. Lembert Peguero, Ministro de Justicia.

El 28 de abril, los constitucionalistas se replegaron a la Zona Colonial y Ciudad Nueva, donde arreciaron la lucha, y a las 5:00 de la madrugada “el coronel Caamaño ordena al barahonero Luis E. Lembert Peguero” –relata Gerardo Sepúlveda- “que sacara al aire alguna emisora de radio para dar a la población las informaciones veraces de los acontecimientos, contrarrestar las noticias falsas y la propaganda enemiga”.

El guía militar de la guerra fue Francis Caamaño, hijo de la barahonera Enerolisa Deñó Chapman (Nonín), y el canciller de hierro Jottin Cury, quien denunció el genocidio e internacionalizó la guerra patria. Gautreaux Piñeyro fungió como viceministro de la Presidencia y secretario particular del gobierno en armas, cuyo valor personal jugó un importante rol, y Noel Suberví Espinosa se desempeñó como vice-ministro de propiedades públicas.

El 28 de abril, “al saber Caamaño que tenía la estación de radio por el teléfono, pidió que lo sacaran al aire y dijo con voz fuerte y firme: ‘Pueblo dominicano…Pueblo dominicano…Pueblo dominicano, les habla el coronel Francisco Alberto Caamaño Deñó, comandante militar del movimiento constitucionalista. Las fuerzas militares norteamericanas invaden a Santo Domingo a través del puente Duarte y desde el puerto de Haina. Hay que enfrentarlos con todo lo que se tenga, hasta las últimas consecuencias. –Y gritó- ¡Fuego, fuego, fuego contra los invasores norteamericanos, el mando militar constitucionalista sale hacia el puente!”. Al terminar le dice a Bonaparte y al primer teniente García Germán: ‘Mantenga esa orden, fuego a todos los invasores’. Ya se escuchaban explosiones y disparos de un combate’”.

El talento artístico de los barahoneros fulguró impertérrito por las empedradas calles de la Zona Colonial, y penetró estimulante en el espíritu de los guerreros. Aníbal de Peña fue el autor de las letras y la música del Himno de la Revolución; Ramón Oviedo se decantó como el muralista por excelencia de la Patria, y Juan Pérez Terrero con su lente mágico y su bizarría captó las más memorables imágenes de la contienda. Fue el autor de la emblemática fotografía en la que un auténtico dominicano desafía abiertamente, con sus puños cerrados, a un invasor extranjero, no obstante, éste estar provisto de una moderna ametralladora.

Los primeros procedentes de Barahona se incorporaron a la insurrección en la Zona Colonial y Ciudad Nueva entre el 26 y el 28 de abril. Resaltan familias casi completas: Ángel Leonel (Nenén), Francisco (Frank), José del Carmen (Silá) y Miguel Alcántara; Rafael (Tigre Bimbín), Modesto y Aino López y su primo Manuel López (Pié); Bolívar, Francisco y José Lucía Féliz Fernández, Alfonso y Cano Ayala, y Juan Nova y Luis Nova; Marino Bidó, Erasmo Carrasco (Niño Santó), Ireno Olivero, Leonardo Mercedes (Leo), Yaque Guzmán (Niño el encebao), Luis Tomás Aquino Sención (Tono) y Felipe Carrasco (Ipe), entre otros (más de 80), que citamos en un texto más amplio en la revista Aquí Barahona, edición número 8, de 2020.

Los coetáneos desempeñaron misiones estelares desde los comandos Haz Negra, el Liriano, el San Lázaro y el Lobo, entre otros. El comando Barahona fue integrado a finales de mayo, ubicado en los altos de la edificación número 55 de la avenida Mella, cercanías del mercado Modelo, bajo la comandancia de Ireno Olivero, quien murió en un enfrentamiento con Erasmo Carrasco (Niño Santó).

El comando Barahona se desenvolvió en la médula de precariedades, que fueron superadas sólo por el coraje. Sus integrantes aprendieran las técnicas de la guerra en los encendidos combates, la práctica diaria y los cursos intensivos en la Academia Militar 25 de Abril, que operaba en el parque Eugenio María de Hostos.

En el comando El Lobo, por su audacia y determinación en los fieros choques sobresalió el joven barahonero Antonio Carrasco (Tibora). La mayoría de sus integrantes tenía entre 16 y 20 años de edad. Carrasco fue secuestrado el 10 de septiembre de 1966 por hombres armados en el sector de Guachupita, y en su memoria lleva su nombre una calle del populoso barrio Las Cañitas.

En el fragor de una refriega cayó el barahonero César Danilo Ruiz, de 24 años, quien había nacido en Enriquillo, y fue un militante de Vanguardia Revolucionaria Dominicana (VRD), partido emergente que había apoyado al profesor en Bosch, en las elecciones de 1962.

Inspirado por “un compromiso patriótico”, a mediados de junio, a mes y medio de la revuelta, el cantoautor Washington Aníbal de Peña, dirigente del PRD, se sentó frente al piano, en su casa de la avenida Mella, y compuso y musicalizó el “Himno de la Revolución”. Ostentó el rango de teniente del Ejército revolucionario, y en la calle El Conde tenía más de 40 hombres bajo su mando, “armados con picos y palas, haciendo zanjas y trincheras”).

El 15 de junio, las veinte cuadras de la zona del levantamiento fueron sometidas a un recio fuego de las tropas estadounidenses. Ese día cayó herido por balas foráneas, durante un combate escenificado en la avenida Mella esquina Duarte, el barahonero Rafael López Méndez (Tigre Bimbín), quien recibió asistencia médica en el hospital Padre Billini.

Además, el 15 y 16 de junio de 1965, el comandante Eliseo Andújar (Lilito Barahona), con sus hombres del comando de San Antón, contribuyeron de manera significativa con la derrota del enemigo en la batalla del Timbeque, llenándose de gloria. Se recuerda que el primer comando de la guerra patria fue San Antón y lo dirigió el Comandante Barahona (Eliseo Andújar).

Las artes plásticas también palpitaron titánicas en el cordón constitucionalista, y se compactaron simbólicamente –en el concierto de las denuncias y la creación de conciencia patriótica- con las voces radiales y la prensa escrita. Y desde el Frente Cultural, Ramón Oviedo se destacó con sus patrióticos trazos pictóricos que se expresaron en lienzos y murales llenos de color y de rebeldía, entre ellos su cuadro panel “24 de Abril”, en la cual pincela los acontecimientos más heroicos de la guerra.

Otro barahonero que se encumbró en la cresta de la contienda fue Juan Pérez Terrero, el único fotógrafo que el 29 de abril tomó imágenes del asalto a la Fortaleza Ozama, cuartel general de los policías “cascos blancos”, desde la cual cientos de dominicanos cargaron con un arsenal de fusiles y pertrechos militares. En la mañana del citado día dejó de circular el matutino El Caribe –donde laboraba como reportero gráfico-, ubicado en la calle El Conde esquina calle Las Damas, contiguo a la Fortaleza Ozama y, en vez de esconderse en su hogar, decidió tirar fotografías, mientras otros tiraban balas.

La más emblemática fue la del jueves 16 de diciembre de 1965, cuando Jacobo Rincón Sosa Senén, rechazó, con sus puños cerrados y una mirada fulminante, la orden de un soldado norteamericano armado que quiso obligarlo a recoger basura –amenazándolo con un fusil AR-15-, en la intersección de las avenidas Duarte y Teniente Amador García Guerrero.

La memorable fotografía recorrió los más variados confines del mundo, como un testimonio de la resistencia de los dominicanos a las tropas interventoras. Fue seleccionada por la agencia de prensa internacional AP entre los 100 mejores del siglo XX, y le mereció un premio Pulitzer, que no recibió por el sabotaje de las autoridades de Estados Unidos.

En la convulsiva insurreccional de 1965, Barahona tonificó su formidable alto mando, la comunicación, las artes y las refriegas armadas, y posteriormente implicó una alta cuota de sangre, represión, torturas y vidas humanas. Se estampó como el acontecimiento político más relevante y significativo del siglo XX, por la heroicidad ciudadana frente a los gringos en la preservación de la soberanía nacional; por su apoyo popular y la creación de conciencia nacionalista y revolucionaria en las futuras generaciones de jóvenes. Se concatena, con gloriosa evocación, con las más cristalinas hazañas por la libertad y la independencia del pueblo dominicano de la citada centuria.

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20 de abril de 2021.

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